No me quiero duchar. El agua de la ducha son agujas en mi espalda. El ruido ensordecedor me llena la cabeza de llantos de bebé y de drama. Si igualmente me repugna mi olor desde que me conozco, ducharme solo refresca, limpia, pica y duele.
Y salgo desnuda a la terraza, eso me gusta, nada me importa. No es ningún espanto mi desnudez. Detrás de mí, su sombra sin ropa gritándome cosas que ya me han dicho otras veces. Su doble moral. Yo ya fui la loca de otra casa. Algunos apelativos son nuevos, no me identifico con ellos, pero cortan una herida fina como un bisturí. Ya tengo varias cicatrices. No grites más, ya no te veo. Mientras más alzas la voz, más lejos te siento. Y allí estás bien.
No me hables si me ves sonriendo, no me saques de ese lugar feliz. Seguramente estaré pensando en una manera de no estar. No me haré daño (no más que tú). E incluso ya sé qué canción poner si algún día me despido, si te descuidas, si me descuidas, si me descuido… No son cuatro canciones, es la misma. “Track no sé cuál”.
No me voy a hacer daño, yo no soy suicld4. Yo puedo saltar al precipicio solo por los nervios, pero suicld4 no soy. La huida es hacia adelante y delante a menudo encuentro el vacío. Cualquier día salto, solo por curiosidad. Y, a pesar de las veces que me dijeron que nadie me iba a querer, alguien habrá que haga de red, una vez más.
Hay momentos que se viven con la certeza de que el tiempo ha acelerado sin avisar.
La llegada del segundo hijo supone muchas cosas. No hablo del cansancio duplicado, ni de aprender a repartir los brazos. Me refiero a una consecuencia clara: el primero deja de ser el pequeño. Esa personita que apenas ha cambiado de un día para otro, pasa a ser el mayor. Y nosotros, a su vez, empezamos a mirarlo desde ese sitio.
Es el verano de 2025 y esto nos ha ocurrido muchas veces. Él tiene cinco años recién cumplidos y cada vez hace más cosas solo: espera con más o menos paciencia, negocia a conveniencia, hace reír a su hermana, le canta o le acerca un juguete cuando llorar y celebra sus avances como si fueran propios. Además, cuida de ella con una mezcla de responsabilidad y ternura que nos desarma. Y es que hay días en los que parece haberse estirado no solo unos centímetros, sino varios años.
A veces lo observamos y pensamos que ya no queda casi nada del niño pequeño que fue. No es verdad, claro. Es solo que la comparación es injusta: al lado de una bebé de un año, cualquiera parece enorme. Ella convierte en gigante a quien, hace apenas un instante, necesitaba que le atara los cordones de sus zapatillas. Sin darnos cuenta, empezamos a medirlo con una regla distinta.
Me pregunto si crecer consistirá también en eso: en que los demás te cambien de sitio antes de que tú estés preparado para ocuparlo. Supongo que por eso me sorprendo buscándolo donde ya no está. Echo de menos a ese niño pequeño mientras tengo delante a otro que, aparentemente, ya no lo es. Digo bien, aparentemente.
Tiene la infancia esa costumbre maravillosa de recordarte que sigue ahí cuando tú ya habías pensado en archivarla.
Es el verano de 2025, cuando le empiezo a decir a mi hijo que es un niño grande y él sonríe orgulloso con chispitas en los ojos. Bajamos de la mano los escalones que dan a la piscina y entonces ocurre. El niño al que ahora vemos grande exclama:
— ¡Hola, bebílula!

A mí me parece muy pronto despedir el año en diciembre hasta con los «wrap» de «Spotify». El año no se ha ido. Vívelo.
Lo que tampoco pensaba es que no haría resumen del año hasta pasados tres. Esto también da un poco de perspectiva sobre cómo está siendo la vida.
- 2023 empezó enero en el tanatorio y siguió en el hospital. Solo nos faltó la cárcel. La cosa solo podía mejorar. Entre tanto, el nuevo año me enseñaba con paciencia que no corro peligro, por 70€ la sesión de una hora. Valió la pena, el esfuerzo, la vergüenza y cada céntimo. Aprendí de oído cómo son las sibilancias de unos bronquios infantiles con la excusa de «escuchar tu corazón». Incorporé a mi vocabulario nuevas dolencias pediátricas y nuevos medicamentos a mi botiquín. Memoricé pautas, prospectos y mililitros (los 2,5 los clavo sin mirar). Viví su primera cabalgata. Mi hijo de dos años exprimía naranjas para los dos avisándome, para que no me asustara, de que el exprimidor hacía ruido.
- En febrero celebré el año chino y la Candelaria. Caben muchas celebraciones en mi calendario. Lo bueno y lo malo es que aprendí a no depender de compañía. Eva estuvo allí. Nos disfrazamos de cintas de cassette, algo que a mi hijo habrá que explicarle, aunque no saber qué era no le impidió disfrutar de la fiesta. Y llegó, como un viento fuerte que hizo que buscara una pared en la que apoyarme, los papeles de matriculación de mi hijo para su primer año de colegio. ¿Pero cómo, si nació ayer? Y claro, los rellené yo. Luego nevó. Y reparamos juguetes con la pistola de silicona. En mi primer curso como funcionaria, matriculé a mi hijo en el colegio y se jubiló mi padre. Son ciclos, pero ciclos que se sienten raros. Vértigo. Taller de teatro.
- Marzo de escalada y de un cumpleaños en el que la buena intención se equivoca de número. Alergólogos, neumólogos, niñólogos… y la luna salió en la biblioteca del instituto.
- Abril de ensayos clandestinos. De sol abrasador. Del crucero al que no fui. De despedirnos del pañal. De feria del libro. De «Le Tour Du Monde D’Antonin!!». De playa y preparación de otra fiesta.
- Mayo. A estas alturas del año la EOI me estaba sobrando mucho. En realidad lo que me sobraba era el trayecto. Ojalá el centro a la vuelta de la esquina. Si en enero no lo dejé por el tiempo que ya llevaba, imagina en mayo. Igual que no riegas todas las plantas por igual, fui atendiendo cada parcela como requería. Además de como pude y supe. Fue una buena fiesta de mayo. Fue un buen cumpleaños del primer sobrino que me llamó «tita». Y del primer hijo que me llamó «mamá». Mi hijo me dice que sabe montar en bicicleta sin «roduines» y encima es verdad. Con tres años.
- En junio iban a terminar muchas cosas o iban a dar comienzo otras. Todo a la vez, pero cada cosa a su tiempo. Graduamos al mayor y al pequeño. A lo segundo siempre me opuse, hasta que fui madre y por él te adaptas al medio. Fui cactus, fardo y carretilla. Fui una persona maravillosa. Y fui a la playa. Acabó el curso y se disolvió 3ºA, aquella tutoría que dirigí lo mejor que supe. Para las fiestas de fin de curso me pido estar descansada. Pero, ya lo dije: me cabe otra celebración.
- Lo mejor que me pasó en julio fue recuperar el hábito de lectura. Y reparar el daño con baños y teatro. Y quedar con amigos que lo mismo te entretienen al niño que te peinan mucho rato. Mi cámara se llena de fotos de los demás y selfies míos. Porque las fotos mías las tengo que pedir. No es justo, ¿no? Y el guapo de la familia se convirtió en guapo oficial del pueblo.
- En agosto visitamos la isla más bonita que hemos visto en la vida. Nos quedan muchas islas. Nos queda rodearnos más veces con las piernas. O eso quiero creer. ¡Qué bonito es lo bonito cuando es bonito! Mientras, mi hijo memorizaba un himno que canta a diario.
- Septiembre de celebración del amor ajeno. Nos cabe la fiesta. De este tipo, como espectadores. El primer día de cole fuimos en patinete. Tuvimos un cumpleaños. No me pesan los cumpleaños infantiles. Mi hijo pelaba mandarinas. Y volvimos a crear vida.
- En octubre vuelvo a leer para el público porque alguien se acuerda de mí otra vez. Una vez más, arrastrando mi sombra, busco carteles en los balcones. Y quito el corazón de un contacto en mi teléfono. Y hay más aerosoles que me van a hacer perder la cabeza en el Día de la Salud Mental. Y Biblia de Jerusalén en el patio de Mari Jose. No te empeñes, hijo, no nos gusta el helado de fresa. Cada paseo con mi hijo es un desfile procesional. Cada juego tiene esposas y burpies y lo que él considere. Rosana da su noticia: está embarazada. Mientras, yo me tomaba mi última cerveza de aquel momento, porque creo que yo también. Paola y yo volvemos a ir vestidas de Halloween al instituto. El curso 23/24 me lo salvan Rafa llevándome del cole al instituto dos veces por semana y Estela llevándome del instituto al cole los martes. Yo aún no tengo peso, pero llevo como puedo la etapa embronaria.
- En noviembre me hicieron el mejor cartel de teatro que he tenido en la vida. Seba Soriano me hizo las fotos una tarde en la que las náuseas me daban hipo y disimulaba. Dirigida por él y Juan Luis, con Balta entreteniendo mientras a mi hijo y yo sin creerme aún el sueño que estaba a punto de cumplir con tantísimos apoyos, con tanta gente a favor. Y bueno, me citaron para una reunión inesperada donde me dijeron que creían que lo estaba haciendo con fines políticos. Aquello lo toreamos. No tenía más cartas que mostrar: me gusta el teatro y quiero hacer teatro. Salimos ilesos, me sentí respaldada. Los comercios se llenan de carteles con mi cara y mi nombre. Sonaba «Canción sin miedo». Le hacemos una fiesta sorpresa a mi padre.
- Que me parece increíble que llegara el 2 de diciembre, que a las 5 ya tenía el moño hecho y una caja de muerto color lavanda. Tenía que haber sido blanca pero, ¿y qué? Sorpresas, público, ramos de flores, abrazos cálidos de gente que me quiere y otros que no me conocen, pero se han emocionado. Y aquel, aquel abrazo entre sollozos de quien tanto puso de su parte para que todo saliera adelante y vio con sus ojos que salió. Jamás he sentido el apoyo, la implicación y el cariño de tanta gente. Pausa. Bodas de oro donde damos la noticia. Emociones a flor de piel. Y más teatro, esta vez en casa, donde también informo. Entre los abrazos, otro hombre que llora. Eva, ¿repetirás en primavera? No. Porque el 12 de diciembre me confirmaban que esperaba una niña. La certeza que yo tenía se confirmaba con un alto porcentaje de posibilidades a juzgar por la ecografía. Más show: mi hijo tiene su primera función del cole y puedo verlo. No lo sabíamos, pero sería la última vez que nos juntaríamos los que nos juntábamos. A veces pasa que gana el miedo. O el orgullo. Y no pasa nada. Brindamos por otro año que se va y yo no sabía que…
En 2024 dejaría de usar suavizante para lo ropa y dejamos de ser familia de tres.
- Entre toses, jugamos en el parque con las bolas que tiran los árboles. Yo miro a mi hijo y pienso en lo bonito de cada uno de sus rasgos. Compartimos postre y el roscón de la ilusión. Por las tardes, en enero, ya tengo barriga. En San Antón las primas se quedan en casa y la casa se llena de ruido y vida bonita. Es el cumpleaños de Alberto y hacemos pompas con Juan. Los cumpleaños son más divertidos al aire libre y con cama elástica. Una mamá del instituto me lleva a casa mi postre favorito. Y él, en su 40º cumpleaños se hizo una fiesta a medida. Yo quisiera haber podido hacer más pero la impermeabilidad soporta la presión del agua y fluye hacia otro lado. Te volvimos a ver, bebé, y tu hermano supo que eras niña. Él quería un niño, pero también le venía bien una niña si aceptábamos llamarla «Carmen».
- En febrero fuimos de concierto e hicimos fiesta revelación porque da lugar a fotos muy bonitas y comida en la mesa para más de 10. No me gustan los disfraces abstractos, pero disfruto el lado bueno de los encuentros. Mi hijo hace su primera excursión del cole. Se siente un pellizco extraño y esto no ha hecho más que empezar. Aún tengo fuerzas para participar en una carrera solidaria. ¡Qué bueno es sentirse bien!
- En marzo hubo playa y hubo nieve. Celebré mi cumpleaños en Brujas. Un viaje inolvidable con Puri y 12 adolescentes. Kati y Juliette nos guían por cada rincón de las ciudades que visitamos. Resulta que el consejero de educación es del pueblo de al lado del nuestro y el viaje de vuelta a casa lo hace en metro con nosotras. La vida no deja de sorprendernos. Viví muchas cosas que no quiero olvidar. Bebí libertad a sorbos para no empacharme. Leí. Y a la vuelta me esperaba la repetición de la prueba innecesaria que ya una vez me hizo enfermar. Y enfermé…
- … y en abril llegó mi baja laboral. Yo sí sé qué hacer con mi tiempo. Me dediqué a crear el Bibliojuego a ratitos, a comer chocolate belga, a pasear con un niño y su tambor. A llevarlo al cole y recogerlo sin prisas. A cocinar y evitarle el comedor escolar. Preparo, además, la ropita diminuta que no me creo que le esté bien a alguien. Y no le está: le estará grande. Empiezo a hacer gimnasia para embarazadas con Marta desde la otra punta de Andalucía. Vamos al cumpleaños de Juan. Disfruto el Día del Libro Invisible en un centro en el que ya no estoy yendo a trabajar. Y un libro me habló. Eso te lo tengo que contar bien, pero no ahora.
- Que unos colegas se casen en secreto no es motivo para no hacer ruido con una fiesta temática sorpresa, ¿no? Mi hijo quiere comprarle un pelele a su hermana. Soy de esas madres que hacen bizcochos caseros el día que toca dulce para el desayuno del cole. Porque tengo tiempo. Esto no va a pasar muchas más veces. Las meriendas en la peatonal siguen siendo sagradas y cada vez somos más. Se gradúa quienes formaran la clase que fue mi primera tutoría. Sé que es más significativo para mí que para ellos. Celebro el cumpleaños de mi hijo en casa, como antes. La barriga crece por días y se mueve y pesa…
- Junio me deja moverme muy poco, suspendo prácticamente toda actividad física y me mudo a dormir en una cámara frigorífica. A nivel médico soy el recipiente de un feto: mientras la niña esté bien, da igual el nivel de dolor e incomodidad que yo esté padeciendo. Tengo contracciones, estoy gorda, fea y herida por dentro. Yo sé que así no me voy a quedar. Y mira por donde, lo siguiente era morirme (ahora que no quería), pero la asistencia sanitaria de la Seguridad Social me dio otra oportunidad salvando a mi hija y a mí. Pasaron muchas horas en un hospital, demasiadas horas sin conocerla, sin poder ponérmela al pecho, sin poder acurrucarla bajo la axila. Migue fue un ángel que se acercó a vernos y me enseñó a mi hija por videoconferencia, sumando vida a la vida. Y en la UCIN, amor mío, allí estabas tú, reaccionando a mis susurros. ¡Pero qué suave estás, «Niña Grande» de Neonatos! 5 días después, en casa, nos pondríamos al día. Nos quedaban muchos especialistas por visitar. No tengo miedo, no hay más que vernos.
- Julio. Soy famosa en el centro médico. Es lo más parecido a la fama que he experimentado. Quisiera ser famosa en otros sitios. O en ninguno. La enfermera me agarra del brazo por el impacto de mi relato. Piensa que está ante un milagro. Le cuesta creer que esté viva. Y al pediatra, y al médico de cabecera… Y yo necesito contarlo y hablo, y hablo, y hablo… Hablo, sano y disfruto de ver a mis hijos despertar juntos. Un poco rota siempre he estado, pero ahora se me ve y está en el informe médico y en mis datos de salud como portada.
- La primeras altas llegaron pronto. En agosto fuimos a la playa, de concierto y de boda. Seguimos siendo familia todoterreno. Acompañamos al baile con camisetas verdes, viajamos por Arjona en el tren turístico y hacemos la ruta de monumentos. Más feria y más playa.
- En septiembre empieza el año para los docentes. Y yo voy a inaugurarlo. Celebramos otra boda. Entre medias, una traición: viejas mentiras que no controlan las reglas del juego. Da risa y da rabia, pero yo no tengo tiempo para la rabia. Empiezo a hacer kilómetros para que me cuiden por dentro y por fuera y Virginia lo hace como nadie.
- Ya es otoño. Merendamos «borrachuelos» frente a las cámaras de Canal Sur. Nadie entiende que con un niño en cada brazo es imposible integrarse en conversación adulta en un bar bullicioso. O sí lo entienden, pero es más fácil hacerse el ignorante que asumir la responsabilidad de la vida que me quita. Carmen presenta su libro y voy a verla. No solo se lo debo, es que quiero estar en su vida. Tengo gafas por primera vez. Solo he aguantado 5 años sin ver bien en ocasiones.
- En noviembre acompañamos a papá a su antídoto y descubrimos un parque maravilloso. Me sigue en «X» Ismael Serrano por error. El 24 de noviembre no se me olvidará en la vida. Para bien. El cielo me mandó una señal y tú puedes creértelo o no, como todo lo que cuento aquí.
- Mi hijo dice que los mejores momentos son en el campo. Diciembre aún nos lo permite. Conocemos al burro Jacinto y mi hija ya come sólidos. Volvemos al parque de nuestros sueños, subimos al tiovivo en Granada, hacemos una postal navideña con pintura de dedos y unas fotos que nada tienen que envidiar a las de un estudio. Nochebuena en familia, navidad en otra familia. campanadas infantiles y lentejas para cuatro.
En 2025 vuelvo a usar suavizante para algunos lavados. E incremento la ingesta de grasa buena en mi día a día. El año en que veo en concierto a algunos de aquellos que hicieron cintas de cassette para que yo hiciera playback en el espejo. La vuelta al trabajo es muy dura, ¿para qué voy a decir otra cosa?
- Empezar el año con un orzuelo no es algo que me guste. Los herpes labiales tampoco es algo que me motive para seguir… pero todo me deja claro que no estoy lista para incorporarme a la vida laboral, aunque las otras opciones tampoco me convencen. Y mi cuerpo lo manifiesta. Este año que voy a hacer 40, me quito por fin un complejo y no entiendo por qué no lo hice antes. Voy, además, cogiendo ideas para una casa. San Antón sin prisas. Empiezo en yoga.
- Quiero estar con mis hijos más que nada en el mundo. Los libros prestados nos brindan espacio para estar presentes. Los envuelvo bajo mi manta y les leo. Los niños son pequeños una vez. En febrero empezamos a ir al CAIT una vez por semana. Al principio lloré. Luego, agradecí.
- Carnaval en marzo, jugamos a ser Trolls. Marzo triste, despedimos a Mateo y María dice lo que todos sentimos: «se nos ha ido una parte de nosotros» y eso duele, ¡cómo duele! Mientras el panteonero sella las rendijas de la sepultura, en el campo de fútbol se celebra un gol. De vuelta a casa, me cruzo con una banda que toca una marcha. La vida es eso que celebra goles y toca música mientras se rompen corazones porque otros se han parado. Luego nieva. Y en la nieve vemos vacas. Después, cumplo 40 rodeada de hogar. Un año después, me reencuentro con las belgas. Y con los medievales en el castillo. Mi capricho de los 40 es hacerme una joya de leche materna. Sé dónde, pero no el cuándo. También sé que me las tendré que autorregalar, pero eso no es problema ya.
- Primavera. Bienvenida a la generación del 24. Reencuentro con Leo y familia. Mi hijo vive las procesiones como si se lo hubiera inculcado yo. Ada es lo mejor que me ha dado la ausencia de Paola. El Amigo Libro Invisible vuelve a sorprenderme. Catamos costa. De pronto, no puedo hablar ni quiero que me hablen de lo que no podía parar de hablar en julio de 2024.
- Fiesta de mayo y mayo de fiesta. Que mi hermano venga a estar con nosotros es una curita para el alma. Doy gracias a mis hijos por hacerme madre. Y la niña que no sabíamos si iba andar, anduvo; y cuando creíamos que no iba a hablar, habluvo. El apagón nos brinda una experiencia nueva de yoga en exteriores y tiempo de calidad con nuestro hijo, que hace preguntas a la luz de las velas, entre ellas, cuándo volverá a comer caliente. La clase de mi hijo visita el instituto donde trabajo. Disfruto de estos momentos. Celebramos su cumpleaños en casa, se sabe especial y ha pedido que haya brochetas de fruta. Hijo mío, quiero más retos de estos. Celebramos el 50 aniversario del IES.
- Junio, Grand Prix donde muchos fueron elegidos a dedo, no me digas que no, que lo vi. Se gradúa la generación más bonita que he conocido en el centro donde trabajo, hasta ahora. Difícil de superar tanta bondad en tanta gente a la vez. Y se gradúa del grado Iván, mi ahijado, esto sí que me echa años a la espalda. A mi hija le dan el alta en neurología. Respiramos. Se casa Lourdes. Nació cuando yo era adolescente. Una boda muy joven y muy disfrutada. Entre despedidas, mucha confusión y el fin de curso más convulso de mi vida (o es que se me han olvidado los demás), mi hija cumple un año. Me siento sola, pero Ada compra galletitas y nos hace fotos. Sin duda, es el fin de curso en el que más he llorado. Quiero irme y a la vez no. Mi hijo es consciente de que su mejor amigo se cambia de colegio y aquí no hay otro colegio. Me parte el alma verlo llorar en lo que considero su primer duelo, pero me tranquiliza que se exprese con tanta claridad y que me elija para hacerlo. Ojalá sepa mantener el vínculo y la confianza. Entre tanto, hago las pruebas de acceso al conservatorio elemental…
- El dolor daña, no necesariamente te hace más fuerte. Es julio y me voy a la playa fácil porque puedo. Mi hijo se hace mayor y quiere bañador de pantalón. Él y mi hija devoran peras sanjuaneras que nos da el campo. Somos unos privilegiados a veces. Las fotos en la piscina hacen la delicia del verano y me enfría la rabia que siento. Igual todo lo vivido ha sido un preparatorio para la próxima vez que me pase. Vamos a la fiesta de lo 90. Me gustaría cansarme menos de estar de pie, pero es que a veces se me olvida que hacía un año casi me muero y que estoy en camino de sanar del todo. Celebro a la Serranilla. Termino mi tratamiento y se me quedaron dentro palabras para Virginia.
- En agosto mis hijos bailan juntos. Pasamos un día de campo y piscina con mi familia. Quiero más. Y es entonces cuando mi hija se siente de verdad preparada para emprender su marcha sin manos que la sujeten mientras la rodean las de su tita Fefa. Cumple años la abuela paterna. Algunas cosas no son como nos gustaría, pero me compro una cafetera y así soy al menos dueña de mis cafés. Volvemos a la playa, mi hija duerme en dos sillas para dejarme comer. No sé por qué es tan famoso el queso feta, me dejó indiferente. Me doy el trabajo y el capricho de hacerles faroles a mis hijos para que vivan la tradición de la Luminaria. No puedo decir que los hiciera yo porque tito Juan e Iván ponen mucho de su parte para que yo, inexperta, pueda llevarlo a cabo. Nunca había subido a un campanario en mi pueblo. Ya sí. Mis hijos nadan en playas del Cabo de Gata. Yo hago snorkel por primera vez. Ojalá nunca nada me agüe los momentos felices. Ojalá nunca más recibiendo comentarios hirientes de quien me quiera.
- Nunca quise que llegara el momento de que mi hija entrara en la Escuela Infantil (A.k.a. «guardería»), pero septiembre no perdona. Así que estrena mochila y curso. Al menos hemos podido tenerla en casa hasta pasado el año. Eso sí, con mucha ayuda familiar. Gracias. Todos empezamos curso con cambios y, bueno, quizás una no espera tantos cambios cuando el lugar es el mismo. Ya lo lloré en junio, no sé por qué este nudo en el estómago. Soy tutora de 1º ESO A. Todavía hay hueco para la playa. Ha habido un cambio en mi promedio de calorías quemadas. Se casa Loli, disfruto de las amigas que me dio el trabajo. Y de Pimpinela.
- En octubre Olga va a por su vestido de novia y el séquito de mujeres que lleva hacen del día toda una experiencia grupal. Café Quijano no suena igual en pabellones, pero la oportunidad de ir gratis recomiendo no perdérsela. Mientras tanto, mi hijo y mi hermano disfrutan de La Magna y no se les olvidará en la vida. Tenemos el alta en rehabilitación. Embotello con él nuestro aceite de su propia cosecha temprana y a mi hijo se le cae su primer diente mientras no estamos. Vuelven las meriendas en la peatonal y los cumpleaños. Quiero retomar el teatro, pero la vida tiene otros planes. «Se puede todo, pero no todo al mismo tiempo; mi pequeña bestia multifacética, entusiasta y proactiva». Ahora celebramos Halloween, que es más divertido, pero comiendo cosas típicas de «Todos los Santos», que están más ricas.
- Déjame que te cuente que me llamaron del conservatorio, que saqué la segunda mejor nota, pero que tenían prioridad los niños de 8 años, cosa que no soy desde hace mucho. A mi hijo se le cae su segundo diente conmigo mientras vemos «Coco». Empieza el destierro de lo que será nuestra casa. Tengo ganas y tengo dudas. Somos afortunados por celebrar los 50 años de Puri. Me gusta ser parte de esto. Mis hijos devoran bizcochos de los santos. Mi hijas los llama «popopó». Empiezo el conservatorio porque hay una baja. Debo tener el cortisol por las nubes. Me ilusiono con una posible representación con Carmen. Dejo de correr en el deporte, que no en la vida.
- Diciembre. Mi hijo gana la carrera de su cole. Sé lo importante que era para él y le felicito un año más por haber corrido bien, no ya tanto por ganar. Tengo férula de descarga. Esta decisión me ha llevado 20 años. No hay ropa en mi armario que no me quede grande. Nunca pensé que fuéramos a tener un elfo travieso en casa, pero es que vino solo, tal como dijo mi hijo que vendría. Se conforma con que cambie de sitio y así vamos marcando el adviento. Termina el mes visitando las urgencias médicas unas 6 veces en 10 días porque somos 4 en casa y nos vamos turnando para que, al menos en esto, haya cierto orden. «Estamos malos dentro de la salud» es mi frase. Insisto, somos afortunados. Vuelvo a correr. Despedimos el año donde no se hará más una Nochevieja. Buena parte de mi corazón está en casa de mis padres.
- Mis expectativas de cara al 2026 son normales. Quisiera retomar el teatro, pero no es algo que dependa exclusivamente de mí y no cuento actualmente con los apoyos necesarios para ello. Quisiera, además, mejorar la técnica para que mi guitarra suene sin dañarme los tendones. Quisiera no lamentar más muertes jóvenes. Quisiera aprender a cuidar plantitas de interior cuando tenga un interior. El conservatorio me está dando más que conocimiento sobre lenguaje musical. Quisiera seguir encontrando momentos conmigo y otros con ellos.

La Niña Emoji sonríe si la miras y, si no la miras, sonríe para que lo hagas. El mundo viene a verla a ella.
La Niña Emoji hace ruidos de gatito y chilla como una lechuza en otoño desde que descubrió su propia voz.
También ríe a carcajadas y llena de corazones las caras de quienes escuchan su risa.
La Niña Emoji bebe leche de su madre a flujo lento. Si no es lento, golpetea la teta que la alimenta mientras su madre la acuna. Juntas maldecimos que no vengan los pechos con llave que regule el chorro que nos baña el pelo como cristales de azúcar.
La Niña Emoji «no es primera», el Niño Emoji nos lo recuerda con sonrisa de ganador: «El primero soy yo».
La Niña Emoji se autorregula chupándose el dedo. Su madre la mira con chispas en los ojos porque sabe de la importancia de tenerse a sí misma.
La Niña Emoji es una superviviente, no la tumba ningún alud ni una bradicardia la frena. Verte viva y sana hace que el dolor mereciera la pena.
Sin conocerme, ya me lo dijo Aristóteles, pero yo lo estudié sin interiorizarlo. También me lo dijo Delibes: “en la vida, vale más una buena amistad que una carrera”, y yo me reí, porque me quedé en la intención del texto y no de la oración. Me sonaron por dentro, al moverme, los cristales de las amistades que se quebraron por el camino.
Ayer alguien me dijo “no había nadie de mi círculo: no estabas tú ni tal ni cual…”. Una frase banal que me emocionó. “Soy su círculo”. Algo que no experimentaba desde la adolescencia, justo antes de que se dispersaran las Bolas del Dragón, cada una con su espíritu y energía propios. Cuando uno en Sevilla, la otra en Jaén, la otra en Granada, el otro en Madrid, Córdoba… ¿Cómo lo hacen los demás? Pues no siendo yo sin herramientas.
Pensé que yo no volvería a tener un círculo, empezando por el propio temor al rechazo, mi inseguridad tan desconocida para el resto, la falta de claridad que percibo en algunas intenciones… y la inestabilidad laboral que me quitaba de la calle de al lado a personas con las que congeniaba (aunque la que se iba era yo).
Y hoy tengo un círculo, porque estoy aquí, enraizada pero mutable, haciendo ajustes sanos y pertinentes.
Es curioso, la estabilidad me ha hecho libre al facilitarme la extensión de la confianza y el afecto presencial. La vida me permite volver a disfrutar de la amistad por placer y en lo cotidiano, donde tengo referentes que me tienen a mí. Los encuentro cerca si los busco y los encuentro también de casualidad. Me quieren en sus eventos, a su lado en la mesa y en las fotos, en sus recuerdos. Soy el complemento indirecto en “te tengo que contar” y es que “en la vida, vale más una buena amistad.”
¿Recuerdas cuando te decía que daría mi vida por quien me tratara como creo que merezco?
Aún sigo viva.
Hace tiempo ya dije que «todos los eventos negativos que me afectan directamente me han reconciliado con algo mío».

En el ritmo frenético del día a día que te hace sentir que eres un humano encerrado en el cuerpo de un robot que hace las cosas por inercia, uno siente que necesita que la cadencia de los eventos se lentifique, pero con poco se repone y continúa la subida hasta el siguiente descansillo, donde vuelve a poner los brazos en jarra, resoplar, exhalar y volver a subir el próximo tramo.
No tengo claro que sepamos marcar límites y es el propio cuerpo el que somatiza y dice «¡basta!». La proporción de eventos que nos estresan (o nuestra reacción a los mismos) no está equilibrada con aquello que nos concede armonía y la psique da la voz de alarma en forma de síntoma.
A veces necesitamos que la vida se pare y te deje vivir tus duelos, llorar a tus muertos, cuidar a tus enfermos y ralentizar, pero no manejamos los hilos del mundo y, ni siquiera al 100% los de nuestra existencia.
Y, si llega lo inevitable: un reposo, un confinamiento, un ingreso, una muerte… arrojamos un palo a las ruedas del carro de nuestra velocidad, sentimos la sacudida, el latigazo cervical… y todo se detiene en medio del vértigo.
Ha ocurrido. Para que yo entrara de interina alguien tuvo que enfermar (no vaya a ser que una disfrute del todo de lo que le corresponde por derecho). El reposo y ejercicio que necesitaba en el último trimestre del embarazo me lo proporcionó una epidemia mundial. La enfermedad que nos ha tenido en casa me ha acercado a mi hijo, a darle los cuidados que anhelo y le dan otros cuidadores cuando yo no puedo. Y, a pesar de sentir que abandono lo que es cotidiano en nosotros, disfruto de lo que en otras casas es lo corriente: de maternar 24/7, de conocer todas tus necesidades, hijo mío (que te gustan las zanahorias naranjas y te comes la lechuga si está sin aliñar).
En unos días en los que tosíamos a coro y nos faltaban recipientes en los que expectorar, sumergí tu cabeza en mi jersey y aspiré la suavidad de tu pelo tantas veces como lo necesitamos ambos. Y es en este momento en el que necesitábamos cuidados que los encontramos el uno en el otro cuando me acariciabas la pierna, la cara y la espalda cuando yo no me encontraba bien, cuando tu mano y la mía se asían abrazando con tu inestabilidad de infante mi inestabilidad de inestable que tú percibes inmutable. Pero me encargaré de que conozcas no solo la versatilidad sino la imperfección de tu madre, que crezcas con modelos reales y que la pérdida de la inocencia no consista en descubrir la fragilidad de tus modelos porque tú ya sabías que tu familia es humana aunque el ritmo frenético del que empecé hablando se empeñe en deshumanizarnos. Y todo esto, a pesar de las dificultades, lo aprenderemos desacelerando.
2022 representa el año que lo tuve todo a pesar de mí. Y una no puede tenerlo todo sin tenerse ella misma. Me di cuenta tarde de que en el camino me había dejado el alma y fue entonces cuando sentí que no podía con el cuerpo y casi lo tiro como residuo.
Fue, además, el año en el que más daño me hice poniendo a cero el contador de las llamadas recibidas y recordando el “No te escribe, Muriel, te contesta” de Flavita Banana.
2022 es el año en que ya no encontraba tallas en la ropa de bebé porque en un momento de ese año la existencia de mi hijo cumplía 1000 días desde su gestación. Mil días desde que cambió para siempre la vida que conocía. Di el pecho durante 2 años, 2 meses y 2 semanas. Visité todos los parques, corrí detrás de él y a su lado. Me especialicé en rompecabezas y juegos de construcción. Miramos obras. Bailamos y cantamos.
- En enero, los paseos al sol, de un “Always look on the bright side of life” que no me creía ni yo; de mi hijo recuperando un peluche de su madre, abrazando mi infancia como nunca nadie lo ha hecho. Y es que “Rosita” en agosto de 2023 cumplirá 30 años.
- Febrero del desengaño de la visita del que viene a evaluar la conformidad de lo que llevo haciendo durante toda mi vida laboral. Si no está conforme, ¿qué otra cosa sabría hacer bien? Pero sí estuvo. La que no lo estaba tanto con su perspectiva era yo. Pero puse mi mejor cara para que se olvidara pronto de mí. “Seguro que recuerda antes un confrontamiento que el asentimiento pasivo”, pensé. Y asentí al sinsentido sonriendo bajo la mascarilla en un despacho donde me siento a salvo. Entre tanto, personajes de cuentos y cenas de enamorados.
- Marzo de cumpleaños sin restricciones, del pruno en flor y de calima. Hace tiempo que todo parece atrezo.
- Abril de teatro en inglés, de aftas inmensas en boca pequeña. ¿De nieve? De apañarnósla. Meriendas de chocolate con más chocolate en compañía de un niño que sueña que conduce tractores con remolques, que pone flores secas en mi mano porque esas ya no se mueren. Y espárragos, aunque no me gusten. Abril de Semana Santa completa y Feria del Libro. De dejarme ver por la vida cultural del lugar donde quiero quedarme. Mi “puesta de largo” recitando a Lorca, la audición para proyectos que son palabras mayores. La puerta grande a fortalecer lazos con personas que me hacen bien y a vestirme de viuda.
- Mayo de celebraciones en las que estuvo quien pudo y quiso. El placer de juntar a tantas personas queridas y gozarlo. Mayo dio para mucho y de mayo no quiero hablar más. Despedimos a Rosi en mayo. Mayo lo bailé y me dolió a partes iguales.
- Me sorprendo llegando a junio. En algún momento de hace unos meses alguien muy importante en mi vida pensó en mí para representar fragmentos de una obra con alumnas de mi tutoría. Esta sería la primera viuda y la que me daría fuerzas para ir a por otra sin bastón de mando. Todo lo anterior a junio, en junio me pasó por encima. Hice bailes estrambóticos porque, «si no sabes hacerlo, exagéralo».
- Julio nos hizo aptas como si no lo fuéramos ya. La playa nos estaba esperando. La piscina, las primeras colchonetas. El campo, las calas de andar, las verbenas desmedidas en un pueblo de 170 habitantes. Playa, verbena, piscina, verbena.
- En agosto los helicópteros sobrevolaron nuestras cabezas más de lo deseado, pero desde los ojos de un niño todo es una juerga. Playa, boda, piscina, fiestas de pueblos. El mes que me avisa de que me quedo y eso me calma.
- En septiembre caí en la cuenta de mi constancia entrenando, aunque es fácil salir a correr cuando quieres huir de tus fantasmas. Al final solo hay que encontrar la motivación, eso era. Playa. Vuelta al cole de mi peque motivado, que ya no es un bebé, que lleva su mochila sobre sus hombros. Vuelta al cole de todos los demás. Y La Boda que nos volvió a juntar con quienes nos hicimos grandes.
- No nos habíamos repuesto de un enlace y ya teníamos otro. ¡Qué suerte de mesa! ¡Qué risa las “Nocio”! Me divertía casi todo, pero en octubre se cambia la hora y yo me muero de pena.
- Lo peor que hice en noviembre fue cortarme el pelo con una peluquera que no es Lola. ¿Lo mejor? Una ruta de senderismo, salir mucho y volver al sitio donde hice “click”.
- Y en diciembre, hijo mío, te dormí cantando, repartí poesía en las calles, disfruté del Grinch más nuestro y me dejé guiar por cuidarte cuidándome. Las tardes son muy cortas y nosotros queremos parque y luz. Ya las tardes nos regalan más minutos. Somos los últimos en los columpios.
Otro año sin muchos frutos en el blog porque los cultivos están en otros campos. Pero el resumen del año me resulta indispensable. Yo no sé si tú lo leerás, pero yo seguro que sí, cuando sea más grande. Mañana.
Se me pasan las efemérides de las que creo que tengo algo que decir y me río de las veces que creía que no tenía tiempo para escribir.
Este año, en la Semana Mundial de la Lactancia Materna, recuerdo cómo el año pasado publicaba orgullosa una foto de 2020 con mi hijo en brazos en la que se me veía la barriga (aún dejando ver que no hacía mucho que había habido un ser dentro) y una pierna de mi hijo, a quien sostenía en mis brazos después de haberlo amamantado. En la franja del pantalón y un poco más abajo se veía el recorrido de un líquido como dos pequeñas corrientes. «Hinchada, henchida y manchada», así defino la sensación de aquellos días conociendo las necesidades de mi hijo y conociéndome a mí como madre.

Dar el pecho a demanda es satisfaccer, consolar, alimentar, calmar… y el beneficio es para ambos. A mi niño le daba todo y de mi niño recibía. Hablo en pasado porque hace unas semanas que he destetado reduciendo las tomas de manera progresiva hasta dejar de ofrecer. Lo estaba deseando y lo había intentado tantas veces que ninguna fue verdad. No diré que ha sido fácil: ni hacer la mal llamada lactancia «prolongada» ni el destete en sí (y el rechazo social, ya ni te cuento…). He vivido el «no-ser» intentando no retroceder y ser consecuente con la decisión que tomé cuando sentí que lo necesitaba (yo, no él). Al principio mi duelo tuvo que ver con lo que me parecía una disonancia entre los términos «destete» y «respetuoso» siendo yo la que lo iniciara, ya que siempre imaginé que un día mi hijo no pediría más y yo me adaptaría, pero fueron mi cuerpo, mi alma y las malas noches para todos quienes dijimos «hasta aquí». En ocasiones el duelo es real, aunque siento más alivio que culpa (y a veces pena) al pensar en esta nueva realidad.
Ha sido una etapa de mi vida muy exigente en muchos aspectos, pero fue mi deseo amamantar y me sentí poderosa llevándolo a cabo (porque nos fue bien, que conste). Por otro lado, ha sido la época en la que mejor me he visto físicamente, ya que la necesidad de producir leche materna eliminó la reserva de grasa de vientre y caderas para llevarlas al pecho y eso en mi tipo de cuerpo es un cambio maravilloso. Pero amigas, todo vuelve a su sitio después, que al final compensa un culo gordo más que infinitos años de una lactancia que no distingue el día de la noche. Que, aunque me haya visto un cuerpo agraciado durante más de un año, a menudo transitaba arrastrando los pies.
Por todo esto, en memoria de una etapa tan dura como satisfactoria, me sumo a publicar con motivo de la “Semana de la Lactancia Materna 2022”, por mí, por ti, por las que quisieron y no pudieron y por las que pudieron y eligieron no hacerlo.
Con la llegada del nuevo año, vienen los buenos propósitos de forma cíclica. Suelen ser los mismos propósitos y los mismos que se los proponen.
Yo pienso que empezar el año con propósitos es empezarlo con presión por propia voluntad. Porque amanece el día 1 y resulta que eres la misma persona que el día anterior, quizás con resaca. Marcarse fechas está bien: el próximo lunes, el mes que viene… pero quizás el día de año nuevo debería ser más de reflexión que de acción porque evitaría frustraciones. No creo que haya peor manera, elegida, de empezar un año, que obligándonos a hacer cosas que nos cuestan (si no, las habríamos hecho antes). Quizás una buena manera de empezar sea dedicar los días libres y comienzos a ver qué puede mejorar, qué necesito, de qué o quién debo prescindir y pensar la estrategia para llevar a cabo tales mejoras a medio-largo plazo. Ir poquito a poco, viendo evolución, valorando cómo nos sentimos y poniéndonos metas realistas, asequibles y accesibles.
Pasemos a lo personal, ¿qué necesito yo, Eva? ¿Tengo propósitos? No los suelo tener. En una ocasión, hace muchos años, supe que necesitaba salir de una relación y no lo llevé a cabo hasta bastantes meses después. No lo iba a a hacer el día de Año Nuevo porque ya tenía responsabilidad afectiva antes de que se pusiera de moda. Tenían que pasar más cosas, tenía que ver si podía solucionarlo de otra manera y cómo me afectaba, aunque se intensificó el deseo de salir de aquella situación con la llegada de una nueva etapa marcada por el calendario. En otra ocasión, el propósito: sacarme el C2 de inglés, lo había fechado la siguiente convocatoria de oposiciones, no yo. Deporte he hecho siempre, fumar no he fumado nunca. Siento que no encajo en el mundo de los buenos propósitos o el enfoque que hacemos de ellos no va conmigo. A lo largo del año voy cumpliendo objetivos que vienen de atrás o que van surgiendo y me adapto a las circunstancias.
Y ahora, la pregunta, ¿cuál es mi propósito este año? Si me conoces, si me has leído con atención, no me harías esta pregunta, pero esta vez tengo respuesta. Mi propósito siempre es cuidarme y cuidar. Este año, especialmente, ese cuidado personal tiene más que ver con mi sensibilidad emocional. Ya lo tenía claro y a pocas horas de las campanadas recibí una bala. «No puedo dejar que esto me afecte de la forma en que lo hace». Y por eso, por casualidad, se ha convertido en propósito de año nuevo. Voy identificando qué situaciones ponen mis emociones patas arriba, de qué manera son limitantes y qué puedo hacer al respecto. Necesito salir de mi propia interpretación de los hechos y tener una perspectiva global de qué pasa y por qué me hace daño. Identificado el foco, voy usando las herramientas que tengo para gestionar la información y lidiar con los contratiempos, la desidia, los malos modos y el chantaje emocional. ¿Lo estoy haciendo bien? ¡Yo qué sé, llevamos 7 días! Lo estoy haciendo, lo tengo en mente y estoy calmada. Los coaches dicen que se necesitan 21 día para coger un hábito. Los coaches son unos vendehumos. Voy a necesitar bastantes días más, quizás toda mi vida.
No negaré que en alguna ocasión he solicitado ayuda profesional, y tengo mucho leído, buscando la manera de que las acciones ajenas no influyan tanto en mi bienestar anímico. Pero este post nace de una reflexión interna que me nacía hace unos días: de pequeña empecé pronto a curarme mis propias heridas con el fin de elegir cómo quería que me doliera sanarlas. Admitiendo que me iba a doler, que ralentizaría, que necesitaría cuidados extra o, quizás, ayuda… En urgencias, por ejemplo, en alguna ocasión, decidí si quería o no inyecciones; en casa, si me sentía fuerte para resistir el escozor del alcohol en una herida abierta o si elegía otra manera de desinfectarla. Pero necesité un aprendizaje previo: conocer los métodos que tengo a mi disposición para tratar el dolor físico. Hay cosas inevitables, cuando te haces una herida, el dolor ya está ahí. Ocurre igual con el dolor emocional, le herida psicológica también duele y sangra. Podemos quedarnos viéndola sangrar, o podemos cortar la hemorragia. Yo opto por cortar la hemorragia, mantener la herida limpia, observarla, prevenirla, aceptarla como parte de mí, verbalizar mi malestar eligiendo bien con quién hacerlo y no dejar que mi ego interfiera con un mal vendaje que oculte sin aportar. Y, mientras sanamos, como cuando una está enferma, es imprescindible el papel que le das a quien te visita de forma esporádica, así como contar con alguien que sepa acompañarte en el proceso.
¡Feliz año!