2020

Cuando era pequeña me preguntaba si yo viviría algo histórico. Oía anécdotas de la transición, de la movida y me preguntaba si yo tendría algo que contar cuando fuera mayor. ¡Madre mía! 

Hola, 2020. 

No llevábamos ni media hora de año y estaba, en un baile, vomitando el postre y algo más del primer cotillón al que asisto en mi vida. Mientras algunas personas me miraban sospechando de una borrachera temprana, a una mujer le dio igual la causa y me ayudó a recuperarme en el lavabo. “Es el reflujo. Estoy embarazada de 5 meses”. Nos dábamos la mano mientras, entre toses, le decía “gracias, gracias por quedarte”. Y por no juzgarme ni mirarme mal cuando entré al baño como un elefante en una cacharrería. 

Realmente este año empezó el día 8 de enero, con la ecografía más bonita que he visto en mi vida, donde ya se veía el parecido con su padre quien, además, fue el que realmente vio las imágenes. Yo era más espectadora – junto a la enfermera – de él mismo y sus reacciones mientras él miraba a nuestro bebé en blanco y negro y se tapaba, a veces, con un fular rojo oscuro. 
“No sé si os lo han dicho ya, pero es un varón”. Y la emoción inundó la sala en la que esto tan exclusivo para nosotros era algo cotidiano. Y volvimos a esa casa a tres provincias de la nuestra. 

Yo todavía no sabía que no era buena idea comprar vestidos premamá de fiesta porque, antes de marzo no los rellenaría y, después, no los usaría. ¿De verdad, a pesar de las noticias, alguien creía firmemente que pasaría lo que iba a pasar?

La deslealtad llegó pronto. Y mira que nos habíamos esforzado por preservar la esencia, el origen de todo, pero no. Enero terminó como lo empezó febrero: a traición viva de la que nos recompondríamos al sol en un patio con un limonero inmenso y productivo. Ya nada es lo que era ni nos afectaba demasiado: nos teníamos y teníamos mucho bueno por vivir. 

Así, seguimos a lo nuestro, porque éramos los de antes, pero reforzados. Seguimos caminando, haciendo y proponiendo planes, vimos almendros en flor, olvidé caminos y senderos y nunca entenderás que no retenga esa información. Febrero siempre me deja un paseo por el campo con mi padre. Hay cosas que no deberían perderse nunca. Yo entonces ya hacía bizcochos. Fuimos a un concierto, nos regalaron los primeros zapatos de la talla 16 y nos vestimos de marineros guapos con un barco de atrezo que portaba una cantidad de alcohol muy pirata. Alcohol que muy poca gente entiende que no consumas, sea cual sea la razón. 

Andalucía suele regalarnos un puente caluroso y, este año, nos llevó a la playa en marzo. El repartidor llamó a casa y dejó una caja grande con un carrito de bebé pintado en un lateral. Se atrevió a valorar, al verme, si era pronto para el pedido. “Bueno, son 7 meses, puede pasar cualquier cosa”. Lloré emocionada porque esto lo hacía todo más verdad y dejé la caja en el suelo. Preparé una maleta y unos bocadillos para un viaje del que, ajenos a todo, nunca volveríamos. Pinté una barriga, hice otro bizcocho y, de pronto, se declaró el Estado de Alarma.

La vida se paraba fuera, pero dentro de mí se desarrollaba salvaje. 

El confinamiento me dio el reposo y la quietud que venía necesitando, así como el tiempo necesario para el ejercicio y la lectura, tantas veces pospuesta. Me pinté la barriga tres veces: la primera porque sí, la segunda para contar un cuento con mi grupo de teatro y la tercera para bailar pegados en la distancia, para bailar, esta vez, tres corazones. Hice zumba con mi madre, hacíamos diariamente dos kilómetros y medio dando vueltas a la casa, vi los directos de Instagram de Álex O´dogherty (y de nadie más), conecté con el yoga y Patry Montero vía Youtube. Pasaba horas observando los movimientos de mi bebé dentro de mí, imaginando cómo sería la vida él y cómo sería la vida fuera. Dos cosas totalmente nuevas para mí. 

Mayo de desescalada y citas médicas. Vida en el campo con mi amor, por fin, con nuestra querida Maya de testigo. Te extrañamos, Maya, gracias por cuidarnos, descansa en paz. 

Y, a finales de mes, cuando quisieron los médicos y no mi hijo, nació una madre cuando, de ella, brotaba la vida cegando más que la propia luz del quirófano. Mi niño de boca y manos grandes, de pelazo oscuro con flequillo de punta. Nunca sabrás de cuánto nos has salvado. 

Junio vino fresco , con un postparto complicado, con alguna vuelta en coche y llenando mi carrete de fotos de bebé. 

En dos meses vivimos en tres casas y demostramos ser familia todoterreno. Vinieron a vernos los titos de Badajoz y dormimos en autocaravana por primera vez: tu primera vez y la mía y, de paso, la de los tres como familia. También vino Carmen justo cuando mi cuerpo me daba permiso para darme el primer baño del año, más tarde que nunca, a finales de julio. 

Agosto sin fiestas, ¡qué extraño es todo! Pero las reuniones de 6 más 1 nos sacan de la rutina. El primer contacto de mi niño con el mar. El primer baño salado de mis cicatrices. La primera vacante en la provincia. Los últimos coletazos de las comilonas de los domingos. 

Septiembre nos dejó volver a aquel sitio del limonero, aunque ya no olía a nosotros. Allá por marzo, le pregunté a una niña: “¿tú qué prefieres: que vaya a tu comunión embarazada o con niño?” “Con niño”, respondió. Y, si en mayo no habría podido cumplirlo, sí que lo hice en septiembre, cuando nos dejó celebrar, de forma muy diferente, lo que hubo que aplazar. El yoga y la carrera continua aliviaron las tensiones que no sanaban con el reposo prescrito. Nosotros hemos nacido para movernos y en el movimiento nos hallamos. 

Mi niño, menos por nacer, tiene prisa por todo: en septiembre ya se desplazaba rodando y en octubre ya quiso comer con dientes y por eso le salieron dos. 

Con el otoño y mi recuperación, cambiamos carretera por senderos a pie, uno de ellos con los “sosolíticos”. Sobre ruedas, cruzamos localidades mientras nos dejaron. Todas las restricciones me han aportado cierta paz porque lo que me quitaba de un lado, me lo daba de otro. Todos los eventos negativos que me afectan directamente me han reconciliado con algo mío. 

También comprendí (con ayuda) que lo que me ocupa es lo que queda dentro cuando cierro la puerta de una casa en la que me siento a salvo en una armonía que me he currado yo, y bienvenido sea quien la favorezca. 

Aprendí a buscar setas. No me gustan las setas. Pero esos ratos no me los quita nadie. 

El último mes del año nos trajo la nieve, esa que prometí disfrutar si tenía niños pequeños alrededor. Ya no puedo no hacerlo si la veo a través de los ojos de mi hijo, ese con el que comparto la fruta del postre y los reflejos en los cristales. Trajo la nieve, el desconfinamiento perimetral, a los abuelos a casa y nos llevó a nosotros a la de los abuelos. Brindamos por fin por el fin. Aunque sea un fin numérico, las noticias sobre vacunaciones aportaban algo de esperanza. 

Un año atípico. Aunque yo podría haberlo dicho simplemente porque ha sido mi primer año como madre. Una madre disfrutona a la que ya no para nadie. 

“Tú que me oyes desde algún lugar” (Huecco, “Abuelo”)

Recuerdo con exactitud su voz, sus gestos, su risa sibilante, su sonrisa desdentada, sus historias recurrentes, el tabasco en sus croquetas.

Es todo tan auténtico más de 23 años después que aún hablo de ti contigo y pronto, si es que las hubo, mi discurso deja de tener referencias en tercera persona.

Si por alguien me he sentido realmente querida es por ti. Tu sentido de la justicia, tu empatía para conmigo y la confianza que depositaste en mí nos hizo inseparables. Fuimos compañía el uno para el otro, por eso, abrazada a la silla que solías ocupar en casa, me enfadé con el mundo cuando te fuiste. Sin embargo y, aunque tiendo a mirar lo que ya no tengo, pienso que fue bonito vivirte doce años de mi vida, pese a que ahora me resulta tan raro como envidiable ver adultos con sus abuelos.

67 no son años para morir. Aunque a mí entonces me parecían milenios por lo mucho que se notaba que hacía tiempo que te faltaba vida. Tendrías ahora 90 y, de forma egoísta me gustaría verlos. Un deseo que se me diluye en el recuerdo de las veces que tenías que pararte al caminar porque el aliento no te acompañaba. Y la calma que ya pedías cuando venías por las tardes a esa casa en la que nos quedábamos solos y hablábamos como si yo no tuviera la edad que tenía. Y, de pronto, te acariciaba la frente, te dejabas caer y te dormías sobre la mesa susurrando: “consuelo, eres consuelo”. Tú lo eras para mí.

Ahora te evoco con más fuerza cada día. He hecho abuelos a quienes te hicieron abuelo a ti. Abuelo y, sin embargo, no te llamé abuelo si no era en tercera persona con quienes no lo entenderían. Pero bueno, así somos en casa. Tampoco llamo “tito” a mi tito más cercano. Los títulos son títulos; los vínculos van más allá. La predilección es un triunfo que te llevaste por derecho y se mea en los trofeos que ganaste jugando al dominó.

Te extraño, consuelo.

Te quiero, papa.

Embarazada (tonta ya era de antes).

Hoy hace un año que supe que estaba embarazada. No fui la primera; mi pareja y mi mejor amiga ya lo sospechaban, pero yo no tuve ningún síntoma de esos evidentísimos como en las pelis, sino de una mala regla que creía que simplemente vendría más tarde, así que no tenía prisa por hacerme el test. 

De aquello he aprendido, entre otras cosas, a ser más cauta a la hora de dar esta y otras noticias. Si viene otro/a bebé, me tomaré mi tiempo en decírselo a quienes no supieron respetar mi deseo de no difundir la buena nueva hasta un poco después. “Las noticias tienen dueño”, puse en Twitter. Y no le correspondía darla a nadie de mi círculo familiar, ni a amigos/as en quienes deposité mi confianza ni a quienes me vieran por casualidad en la sala de espera de la consulta del matrón.

Pues bien. Cuando nadie lo sabe, tu vida es normal. Yo, como mucho, tenía jaqueca, micción frecuente, mucho sueño y ardor en el vientre. Pero mi vida era normal: me levantaba, iba al trabajo, salía a tapear, hacía deporte… Solo una persona destacó que me había visto muy bien a la vuelta del verano, que me notaba mucho brillo en el pelo y la piel muy bonita. 

Has de saber, futura mamá, que en el momento en que comunicas que vas a ser madre, te vuelves idiota. Tú eres la misma que antes de decirlo, pero las personas que te rodean ya no. Cortocircuitan. Sienten que tienen que aconsejarte y cuestionar todo. De repente, tu postura, tu vestimenta, tu actividad, tu alimentación es debatida en juicio abierto en el que se habla de ti en tercera persona porque, ¡tú qué sabrás!

Recuerdo especialmente un mes después de la primera falta (10 semanas / 2 meses de gestación / 2 faltas), que teníamos un evento en el que nos juntábamos con un grupito muy apañado de compañeros del curso anterior. Esa gente tenía que saberlo de forma especial, así que, aunque relativamente pronto, consideramos buena idea que lo supieran allí. Yo iba con ropa de no-embarazada, taconazos de no-embarazada, actitud de no-embarazada. Pero dije que estaba embarazada. Después, tenía frío. Nada puede ser casualidad cuando estás embarazada porque aparecen LAS HORMONAS: esas arpías que te roban la personalidad. Tú ya no tienes frío, son las hormonas. Tú ya no tienes sueño, son las hormonas. Tú ya no tienes falta de apetito, son las hormonas. Las hormonas son como un titiritero y tú la marioneta que actúa en base a qué mensajero químico mueva tus hilos. Así que yo ese día no tenía frío, eran las hormonas, hasta que, ya en el postre, cambiamos los asientos para hacernos unas fotos aquí y allá y alguien no-embarazada ocupó mi asiento. “¡Uf, qué corriente de aire frío pasa por aquí!” Y yo había estado toda el convite aguantando el frío estoicamente porque LAS HORMONAS. 

Obviamente, mi pareja fue la primera persona que lo supo. Después, Leo, mi mejor amiga. La tercera persona fue mi médico. Para él, pasé a ser una paciente exclusiva. Nunca antes me había sentido tan escuchada en la consulta ni con tanta credibilidad. “Lo malo es que vas a pasar por muchas consultas en poco tiempo”, me dijo (no contábamos con covid19). Y, otra de las cosas que me dijo y que se lo oí a más personas: “el embarazo no es una enfermedad”. No, no lo es, pero tampoco sé cuál es la pretensión de esa frase. Quizás es algo que la embarazada tenga que decirle a los demás para que dejen de tratarla como si tuviera alguna discapacidad. No, no es una enfermedad, pero nos encontramos con muchas limitaciones, un sinfín de síntomas y mucha incomodidad. Tenemos todo el derecho a quejarnos. A quejarnos incluso de que nos traten como si estuviéramos mal cuando estamos bien o que se nos reste importancia cuando estamos mal porque no estamos enfermas. SOLO creando vida. 

A continuación, voy a exponer las frases y situaciones en las que me he visto como embarazada y madre primeriza. Lo peor de ellas es que me han dicho que tú misma, tiempo después, caes en la trampa de reproducirlas. Francamente, espero que no.

  • Eres lo que no comes. Cuando me he privado, por recomendación médica, de alimentos que eran comunes en mi dieta, he soportado el “antes comíamos de todo y no pasaba nada”. He lavado la lechuga demasiado y muy poco, según quién mirara y cuántas ganas tuviera de tocarme la moral. “Antes recomendaban jamón y estaba bien, tienen que estar exagerando”, “Come un poco de esto, por un poco no te va a pasar nada”. Puede que no me pase nada, pero al feto sí. Puede que no me pase nada, pero como seguro no me va a pasar nada es por no comerlo durante 9 meses. Se puede. Y no pasa nada.
  • ¿Te vas a pedir una baja?” Cuando conté que me dijeron en qué semana considerarían darme la baja laboral: “antes las mujeres trabajaban en el campo hasta que parían”. Que les faltaba añadir: “¡So flojas!”. Porque para estos asaltos se habla en plural, porque “ahora no aguantáis nada” es otra frase preciosa. 
  • ¿Pero cómo lo has hecho?” El momento de dar la noticia lo fui considerando según una escala de más a menos confianza. Y, según iba avanzando esa escala, más en confianza se sentía la gente (¡vete tú a saber por qué!) para preguntar: “¿ha sido buscado o sorpresa?” Algunos incluso adornando la cuestión con “Y la pregunta obligada…”. ¿Quién es el cretino que te obliga a entrometerte así en mi intimidad? ¿Por qué te interesa tanto el origen de la decisión de una persona adulta que te comunica alegremente que va a ser madre? ¿Qué diferencia te hace a ti si busqué, si tardé mucho o poco, si fue “sorpresa”? Que, claro, alguna vez deseas contestar “¡Oh, sí! Fue sorpresa, me caí sobre una polla, ¡no sé cómo pudo pasar!”
  • El toqueteo. Tu barriga se vuelve patrimonio de la humanidad. Gente de todas las edades y sexos quieren tocarla o, directamente, la tocan. En todo el tiempo de gestación solo una persona de nombre poco común me preguntó si podía hacerlo. Es por eso que me esfuerzo en recordar cómo se llama. No toquéis, ¿por qué tocáis? 
  • El volumen de las cosas. El mismo día a la misma hora, una persona te dice que has engordado superpoco y otra te dice que supermucho. Y tú y tu matrón lleváis esos temas al día y consideráis que es correcto, pero en la calle siempre saben más. Por eso van a hacer hincapié en qué debes o no comer (aunque antes comían de todo y trabajaban hasta parir) y en lo peligroso que puede ser que estés así de gordiflaca, porque luego a ver cómo te quitas esos kilos. Me los quité pariendo. Pares y adelgazas. Es un milagro, no hay duda. 
  • Cuentos para no dormir. Hay quien ve adecuado (y en mi caso he de decir que sobre todo lo han hecho mujeres) hablarle a una embarazada de fetos muertos, de dolores de parto insufribles, de sufrimiento fetal, de lactancias imposibles, de puntos infinitos, de intervenciones sin anestesia… no somos ajenas a esa información y ten por seguro que negatividad es lo que menos necesitamos. No son nuestras hormonas, es que si haces esto eres una persona regular de buena. 
  • La medida de tu tiempo. Los embarazos, actualmente se cuentan en semanas a partir de la fecha de la última regla. La semana 40 es tu fecha prevista de parto, pero el tiempo total de gestación puede llegar hasta la semana 42, aunque suelen inducir el parto antes de dejar pasar todo ese tiempo. “Pero a mí dímelo en meses” y entonces calculas unas 4 o 5 semanas por mes, pero a la persona que ha preguntado no le cuadra y que le cuadre es importantísimo. También me han pedido los datos en “faltas”, “¿pero de cuántas faltas estás?” Y me han llevado la contraria aun calendario en mano sobre el tiempo que me quedaba o no para la FPP. Lo malo de esta situación, es que yo, embarazada por primera vez, asumo que me puedo equivocar y la otra persona asume también que soy yo la que está equivocada.
  • Los adivinos. Vives cada día de tu embarazo con gente diciéndote que tienes cara de tener dentro una persona del sexo aleatorio que ellos elijan. “Con las niñas estás más fea porque te roban la belleza” (las mujeres ya somos envidiosas desde la etapa embrionaria). “Es un niño, porque tienes la barriga hacia adelante”. “Es una niña, porque tienes la barriga redonda”. O, mi favorita: “si te caes de boca, es niña; si te caes de culo es niño”. Nunca me caí embarazada, ¿ahora qué?
  • Los spoilers. Spoilers de aquellas que ya han estado embarazadas (o que alguna vez vieron a una en un zoo) y te van diciendo lo que vas a sentir después. Porque cada embarazo es único, pero igual a otro. Pocas cosas más irreales como los “duerme ahora que puedes”. Sinceramente, duermo más con el bebé a mi lado que en el último mes de embarazo con aquel barrigón que apareció de golpe. Y tengo una amiga a punto de parir que, Mónica, si estás leyendo esto, sabrás también que es mentira independientemente de cómo vaya a ser tu bebé de dormilón. 
  • La cara de parir. Tuve cara de parir desde aproximadamente la semana 36. Tuvieron que hacerme inducción pasada la FPP porque mi bebé estaba muy a gusto. Pero, yo, con cara de parir todo el rato. Hasta pariendo la tuve.
  • El Síndrome de Preparación del Nido. Una es pulcra y ordenada porque habitualmente lo es, pero ahora, si alguien tiene conocimiento de que limpias y organizas tu casa, tú no eres limpia, son LAS HORMONAS. Y esto tiene un nombre: es el“Síndrome de Preparación del Nido” o “Anidamiento”. Tanto es así que me vi whatsappeando con una mujer y le dije que después leía lo que dijera porque tenía que poner una lavadora, pero excusándome con un: “no es anidamiento, es ropa sucia”. Y ella, madre y limpia, entendió perfectamente que ya lo habría escuchado la cantidad necesaria de veces como para adelantarme a otra posible ocasión. Y este entrometimiento no acaba cuando acaba el embarazo porque, cuando das a luz, todo el mundo sabe también de crianza, especialmente de la ajena, y tú sigues tonta perdida a los ojos de los demás. Así que te dirán que llevas al niño demasiado abrigado o demasiado destapado (o las dos cosas a la vez en cuestión de 5 minutos); que le das demasiado de comer o que le das demasiado poco, que lo acostumbras a los brazos, que no lo dejas llorar y una innumerable cantidad de cosas que te harán padecer primero sordera gestacional y, después, sordera postparto. Si eres una de las personas que me ha dicho algo de lo que expongo y te ha sentado mal, no me lo tengas en cuenta, ya sabes, son LAS HORMONAS. 

Manchester en 3 días.

Sé que parece mentira de influencer (encima sin serlo) si digo que me han pedido mucho este post. Pero también puedo decir que (a pesar de haber dejado tanto tiempo) me apetecía mucho escribir sobre este viaje y que el lector elija la justificación que más le guste. También es cierto que ha pasado tanto tiempo que, seguro, se me escapa algún detalle, pero lo esencial permanece en mi recuerdo para siempre. Y así lo comparto:  

En 2018 Carmen organizó la aventura de El Camino de Santiago. Al año siguiente, me ofrecí a organizar yo lo que fuera que quisiéramos hacer. Teníamos claro el presupuesto, pero no el plan. Claro que, ajustar un plan a un dinero “tal” lo limita un poco y este año debíamos ceñirnos a no gastar más de lo que necesitamos el año anterior en los días que estuvimos por el norte (incluyendo los costes desde que salimos de nuestras casas hasta que volvimos a entrar). Así que propuse dejarlo todo en manos de Drumwit que, con poco más de 500€ – y aprovechando un -5% de descuento de una Influencer a la que también le preguntáis muchas cosas – nos organizaron un viaje para 4 días en un destino sorpresa. Carmen dijo sí a la aventura. Yo no me considero muy aventurera, necesito, al menos, tener algo planificado. Ahora os cuento.

¿Qué es Drumwit? Drumwit es una agencia que organiza viajes sorpresa fijando primero si el viaje es para ti o quieres hacer un regalo, el número de personas que viaja, ajustándose a tus preferencias de tarifa, aeropuerto, fecha, tiempo, destino… Yo lo hice así: 

  •  Tarifa: seleccioné el pack económico con el que no pueden asegurarte un alojamiento céntrico de categoría y solo puedes descartar un destino. Con el Pack Deluxe podría descartar más destinos y contar con alojamiento de más nivel, entre otras ventajas. 
  • Aeropuerto: elegí Málaga que, aunque suma unos 50€ más que seleccionar, por ejemplo, volar desde Madrid, para la fecha en la que viajaríamos nos venía mejor ese aeropuerto.
  • Fecha y tiempo: seleccioné 4 días a principios de agosto, de lunes a jueves. 
  • Destino: en la página web puedes ver los 30 destinos posibles, incluso puedes descartar uno de forma gratuíta con el pack económico. Yo descarté Lisboa porque había estado de vacaciones el año anterior. No me habría importado repetir porque cambiaba la compañía y siempre puedes viajar a otras ciudades desde allí. Pero ya que tenía la opción de descartar uno gratuitamente, lo aproveché. Descartar más de un destino tiene un coste de 5€ por destino y persona. Lo dejamos así. 

¿Cuándo sabes el destino? 

48 horas antes de la salida, obtendrás toda la información relacionada con el destino y el viaje. Ya he dicho que nos íbamos un lunes. Pues bien, contábamos con saberlo el sábado, que a Carmen y a mí nos pillaba de boda. Y, con los nervios de estos eventos (y los que no os cuento), no me di cuenta de que tenía el mail con los datos de la reserva el viernes, un día antes de lo prometido. Como nos comía el tiempo, puse la misma pregunta en mis diferentes redes sociales: 

“¿Qué hacer en Manchester en un fin de semana?”

No era un fin de semana, pero no me gusta dar más datos de los necesarios, y menos por adelantado, así que formulé a propósito la pregunta porque contábamos más o menos con el mismo tiempo que si nos fuéramos un finde. Entre varias respuestas que quieren colar el chiste, hubo otras cuantas que decían que es una ciudad que no merece el viaje y que nos iba a llover todos los días. Mi propuesta es que obvieis esas respuestas y que intentéis también no darlas, ya que lo adecuado es que cada uno se construya su propia opinión basada en su experiencia. La mía fue buena y eso que no iba con grandes expectativas, porque tenía la ligera esperanza de que me mandaran más lejos de mi ya conocido Reino Unido. Me quedé con las respuestas que aportaron de verdad y a partir de ahí, empezó mi breve planificación y lo que fue surgiendo.

Día 1, Manchester:

Teniendo en cuenta que llegamos sobre las 15:30 al hotel, lo que hicimos fue pasear e ir descubriendo. Manchester se presta bastante a eso. Así vimos dónde estaba situada la Biblioteca Central, el ayuntamiento… Tener el hotel en Princess Street, hacía muy fácil el desplazamiento a pie mientras ibas situando el barrio chino, el barrio gay, las cafeterías y supermercados que nos salvarían los “desayunos de señoras” que nos íbamos a dar y nuestras provisiones de tentempiés para no parar de andar en todo el día y disfrutar del buen tiempo que nos hizo. Llegamos, casi por casualidad a Old Wellington, vimos la catedral, acabamos la ruta pateando Market Street y nos tumbamos al fresco del césped enfrente del estadio. Nos recogimos, hicimos cena de fruta y me atraganté de la risa tras escuchar en inglés el anuncio de Calgón. No sé, a mí me valía la pena recordarlo.

Día 2, Manchester:

Desayunamos en Wetherspoon por pura inercia. Hicimos un superdesayuno continental de esos con “de to” para hacer un brunch y no parar a comer, con la idea de no perder mucho tiempo. Del sitio, me gustó mucho que ofreciera wifi gratuito, ya que la forma de hacer tu pedido es vía una aplicación cuyas instrucciones están en cada mesa. Muy fácil, muy cómodo, sin malentendidos. Al poco viene un camarero a ponerte las tazas para que te sirvas café o té tantas veces como quieras. Muy poco después tienes tu desayunazo. Había que espabilar, organizarse los días teniendo en cuenta que la visita al interior de cualquier sitio suele ser, con suerte, hasta no más tarde de las 17:00. Así que lo que hicimos fue inscribirnos en una de las rutas gratuitas en inglés de Sí Manchesterpor la mañana. Lo de gratis y lo de en inglés fue más una cuestión de horarios, aunque ambas tenemos buen nivel y habríamos optado igualmente por una ruta en la lengua del país de origen. Teníamos la duda de si por existir la opción gratis y la de pago habría una diferencia muy grande de tiempo, sitios, calidad… Visitamos todos los barrios más importantes de la ciudad y nos contaron anécdotas y leyendas que no habríamos sabido nunca si no fuera por que íbamos con alguien que conoce bien el suelo que pisa. Sin duda, la ruta vale un dinero que no lo cobran ni en las de pago. Alucinamos con la cantidad de información, de curiosidades y de detalles con las que contaban. E intentamos aportar “la voluntad” al final, pero ningún cajero quiso darnos efectivo y hasta ese entonces no habíamos visto la necesidad de tenerlo (puedes pagar con tarjeta en todos lados). Así que optamos por contratar otra ruta con ellos avisando de que esta vez no íbamos, solo por pagar algo que vale más de lo que cobran.

Tras situar todos los puntos de interés, repetimos recorrido para visitar ese tipo de sitios en el que sabes cuándo entras, pero no cuando sales, como fue para nosotras la Biblioteca John Rylands. Y claro, se nos hizo tarde, lo suficientemente tarde como para darnos una cena más que merecida en el restaurante con mejores críticas del barrio chino.

Día 3, Liverpool

El desayuno teníamos que hacerlo en el Café Viena por recomendación del guía de Sí Manchester. Y sí, fue un acierto. La camarera era un amor y la cocina exquisita. Después, nos fuimos a la estación de tren a montarnos en el primero que saliera para Liverpool.

La primera parada es la propia del tren en Lime Street, en pleno centro de la ciudad. Lo primero que te encuentras es un impresionante edificio neoclásico, el St George Hall. Muy cerca, puedes ver el Empire Theatre, el más grande de Gran Bretaña. Real y lamentablemente, no tuvimos tiempo para ver su interior. 

La segunda parada como tal fue, a nuestro pesar, en Primark para comprarnos un chubasquero (in England sin chubasquero…) porque fue la primera y única vez que nos llovió durante nuestra estancia. Como en Manchester, a todos los sitios fuimos andando. 

Después de asegurar el alimento y la impermeabilidad, nos dirigimos a Chinatown, a inmortalizar nuestras carasguapas con su arco y sus dragones. El barrio es más pequeño que el de Manchester y, su arco, sin embargo, más grande.

Las catedrales de Liverpool (una anglicana y otra católica) bien merecen una visita. La primera que te encuentras cerca del barrio chino es la anglicana, que es una de las más grandes de Europa. Después visitamos la catedral católica, que no queda muy lejos y de la que vimos su interior. 

Tras el sosiego monumental, continuamos la ruta improvisada visitando The Cavern Quarter, donde está ubicado The Cavern, el local donde The Beatles se hicieron famosos y donde aún hoy, si sabes cómo, sientes su presencia. Puedes disfrutar de todo el material (no solo de ellos) que permanece allí y de música en directo y algún documental en sus diferentes salas. Echamos un vistazo a la estatua de John Lenon y el muro de la fama, buscamos e hicimos compañía a Eleanor Rigby.

El Museo de los Beatles lo pillamos ya cerrado (cierra muy pronto, recordar para la próxima). Tampoco nos habría dado tiempo a verlo bien si hubiéramos llegado antes del cierre. Íbamos justas de tiempo y esa espinita se me quedó hasta la ¿quién sabe? próxima visita.

Más tarde nos dirigimos al Pier Head, donde puedes, entre otras muchas cosas, fotografiarte con una estatua en honor a los Beatles. Se me nota, ¿no? sus canciones me llevan con mi padre y la discografía con todas sus letras que me regaló cuando tenía 12 años y que fueron fundando las raíces de mi pasión por el idioma.

Por supuesto, acabamos la tarde dando un paseo por el Albert Dock, la ciudad marítima y mercantil de Liverpool. 

Cenamos, por darnos el lujo de cenar en el restaurante mejor valorado y más recomendado, en “Alma de Cuba”. Nos costó encontrarlo y, no sé si por cansancio o por un exceso de expectativas, la comida tampoco nos pareció tan espectacular. El sitio es un sitiazo, eso sí. Si volviera atrás, quizás habría elegido otro tipo de cena. O lo mismo repetiría paso a paso lo que hice ese día.

Día 4, Manchester

Teníamos que coger el tren por la tarde para llegar con tiempo al aeropuerto. Y queríamos exprimir el día al máximo haciendo eso que tanto nos gusta: visitar galerías. 

Volvimos a parar en el barrio Gay. Ya os habréis dado cuenta de que no íbamos de copas. Quisimos verlo tranquilo. Visitamos la fortaleza Castefield y dimos un paseo, sin más, por el río.

Nuestra última visita de este viaje fue Manchester Art Gallery. La entrada es gratuíta, como casi todo museo y galería en Gran Bretaña. Sí que hay una urna para aportar la voluntad en la que te indican cuánto podrías donar para el mantenimiento del lugar.

Al llegar a casa, recibí Whatsapp de Drumwit preguntando si todo había estado bien. La única pega que teníamos fue el vuelo de vuelta, que fue una vergüenza: una compañía de bajo coste que hizo buena a la que tuvimos para la ida. Por lo demás, repetiríamos experiencia en cualquier otro de sus destinos.

El Niño Emoji

El Niño Emoji se ríe con una boca de dientes que aún no tiene y ruge como un león cuando tiene hambre.

El Niño Emoji bebe leche de su madre con jersey morado, hace caca con ojos que sonríe y, cuando duerme, sus ronquidos son tres “z” escalonadas.

Sus abuelos tienen nubes en el pelo y, cuando lo miran, salen a su alrededor iconos de amor y fiesta.

El niño los mira con estrellas en la cara y sus padres observan todo con corazones por ojos.

El Niño Emoji es un bebé que tiene el cabello en una sola hebra sobre la frente, aunque haya nacido con una melena negra que provoca emoji de sorpresa en todo aquel que lo ve en persona por primera vez.

Dedicado a quienes respetan (de forma activa y pasiva) la decisión de unos padres de no difundir imágenes de su hijo.

Ella

ELLA

Ella ha calmado el ardor de mis rodillas magulladas con sus apacibles soplidos mágicos.

Ella ha cosido y remendado mis primeras prendas y mis escudos. 

Ella forró con mis torpes dibujos su fortaleza y sopló, paciente y convencida, cada taza tan llena de nada que mis manos diminutas le acercaron. 

Ella ha aplaudido cada logro, cada canción, cada baile y cada “yo sola” superado. 

Ella ha cambiado el curso de mis lágrimas con sus pulgares. 

Ella dijo sí a mis sueños ocupando un lugar en un patio de butacas cada vez más lejos de su sofá y sus quehaceres. 

Ella silencia los chasquidos del monstruo de debajo de la cama, enmudece los crujidos del armario en la noche y extingue la lava que quema si saco el pie. Y apaga la luz cuando se va, dejando conmigo su calma hasta que una tenue claridad trae de nuevo el aroma de su café, aquel que aprendió a hacer con una mano. Y, en dos segundos sin mirarla, ha cambiado mi paisaje, ha trenzado mi pelo, ha corregido tres veces la molesta costura de mi calcetín. 

Miras y no sabes cuánto hay de ella en mí ni cuánto de mí en ella. 

Ella tiene un nombre para todos, pero yo la llamo “mamá”. 

Esta mañana hacía una reflexión en Twitter. Me he permitido una mañana ociosa. La situación lo hace posible y yo no voy a sentirme culpable. 

Llevo varios días pensando en esto. Si el confinamiento hubiera sido un año antes, me habría venido mucho peor. ¿Qué estabas haciendo hace justo un año? ¿Cómo te habría cambiado la vida? Así me respondían @beatrusca y @anaruize , que han hecho esta misma reflexión, sacando lo positivo de una experiencia que no lo es.

Hace un año habría estado más sola y con menos capacidad de reacción que este año. O, al menos, eso creo si miro atrás.

Vivía sola porque estaba convencida de que era algo que había elegido yo. Estaba equivocada porque me convenía. Tenía mi residencia (ahora sé que es “segunda residencia” aunque no tengas tal cosa como “primera residencia”) en una urbanización que me habría facilitado la sensación de libertad por sus zonas comunes, normalmente deshabitadas. Tenía un balcón-terraza desde donde podría oír el eco de mis aplausos y no sé si algunos más. Allí leía al sol y brindaba una vez a la semana con copas de cristal. Tenía más vida social que en toda mi existencia. Salía al menos un día cada semana con un mínimo de 7 personas. Pero, a la hora de la verdad, solo podía contar con 2 y no estaba muy segura de esa suma. Una de ellas, ajena al grupo, cocinaba de más a propósito por si pudiera gustarme lo que había preparado. Acabando su tratamiento de quimioterapia, se preocupó por mí porque supo que, semanas atrás, yo había pasado sola y semi-inconsciente una infección de garganta; que desaparecí un fin de semana, pero mi coche seguía ahí; que no se me veía salir a leer al jardín. Que a esa persona le preocupara que yo estuviera sola, me hizo darme cuenta de lo sola que yo estaba. Por mi propia voluntad, había descartado, tras ese trance, a quien no había estado a la altura de las circunstancias. La soledad trajo más soledad. Me volví un pelín más hermética.

Eran unos días en los que una persona me hizo promesas que otros ya hicieron por inercia y no cumplieron. Pero esta vez, si no venía una pandemia, él las cumpliría. Y las cumplió casi al instante. Así fue progresando la persona que soy ahora. Aquella que una noche de abril se sintió la más valiente. Bueno, varias noches. La vida se iba pareciendo cada vez más a algo real, más próspero. Así fue posible también que hoy la comparta con quien ahora me acompaña a cada paso.

Este año, semanas antes de que el mundo se parara ahí afuera, habíamos refunfuñado por hacer maleta y kilómetros cada fin de semana por obligación. De tener que separarnos a menudo, de echar de menos, de cargar el coche dejando cosas atrás, de trabajar y estudiar a la vez, de aguantar un desaire encubierto de quien menos lo esperábamos…

Y yo, ahora con nuestro hijo dentro, aunque mis prioridades, por sentido común y prescripción médica debían ser el deporte y el reposo, me veía atada a las exigencias de una vida que no facilita el descanso. Hasta que nos ha puesto aquí. Quien me conoce bien, sabe que tampoco ha sido un camino de rosas y sabe cuál es mi mayor queja, qué injustica he soportado y cuál es mi mayor inquietud estos días. No celebro, no es una fiesta, yo también estoy viviendo el duelo. La diferencia es que, este año, puedo.

Lo excepcional en lo más común

Hoy es el cuarto lunes del confinamiento que nos ha llevado a observar ciertos patrones de conducta, cuanto menos, curiosos.

Si hace poco os hablaba de la inutilidad demostrada por los influencers en tiempos de pandemia, hoy se puede ampliar esta información con datos cualitativos basados en la mera observación tanto de estos personajes como del resto de los mortales.

Con el paso de estas semanas, nos hemos ido adaptando a las circunstancias – unos mejor que otros – y hemos ido adecuando nuestras rutinas a los acontecimientos. Resulta curioso cómo los ciudadanos hicieron acopio de papel higiénico aunque nos avisaran de que no habría desabastecimiento. Literalmente, la primera necesidad imperiosa fue salvarnos el culo.

La segunda, valorar nuestras carencias surgidas por la comodidad de lo que he delegado siempre en otros. Así pues, por poner un ejemplo, la generación nacida con internet, sabe manejar un dispositivo táctil con apenas dos años, pero crece sin saber adjuntar un archivo en un e-mail o llevar al día las aplicaciones de aprendizaje a distancia, algo que hemos tenido que aprender/enseñar en tiempo récord.

Otras personas, en el momento en el que han cerrado los salones de belleza, han descubierto la inutilidad y la dependencia que provoca llevar uñas de material artificial. Por no hablar de quienes en menos de quince días han sentido la urgencia de cortarse las puntas en casa.

Yo soy una de esas personas caseras con mucho ocio solitario y bastante independiente desde pequeña. Por eso supongo que puede que no sea tanto el aburrimiento sino el deseo de mantenerse ocupado en estos días de desasosiego y noticias dolorosas.

Y, de pronto, nos cortamos el pelo en casa, nos ocupamos de la higienización de nuestra vivienda y somos gestores absolutos de nuestro aseo personal. Sistematizamos compartir lo cotidiano como algo extraordinario: nos contamos las llamadas telefónicas que hacemos o recibimos, compartimos las recetas más básicas, reciclamos nuestra ropa…

Han pasado 4 fines de semana y hemos sobrevivido sin pedir comida selecta a casa, sin recibir tratamientos de estética y dejando a un lado la ropa incómoda.

Quienes no sabían cocinar, se interesan por aprender de la gastronomía más elemental y comparten su experiencia. Ahora hacemos pan, bizcochos caseros y recetas de toda la vida. Nos interesan los juegos de ingenio y las manualidades. Llenamos las terrazas, las nuestras, los afortunados. Redecoramos y admiramos los espacios exteriores, valoramos la luz natural, abrimos las ventanas y respiramos. Apreciamos la compañía: la que tenemos y la que nos falta. Aplaudimos cada día en el balcón y nos fascina compartir que hacemos algo a la vez. Tenemos en cuenta la importancia de mantenerse en movimiento, de estar activo, de hacer ejercicio… y también de parar, de mirar para adentro y analizar nuestras necesidades. Nos vestimos y hacemos de ello un acontecimiento. Festejamos salir de la cama, dedicar un rato a la lectura y dedicarnos a cosas que solemos aplazar por pereza.

Si hay algo que todos tenemos en común es que estamos volviendo a lo esencial, a lo más primario. La vida nos está indicando qué necesidades son básicas y cuáles son autoinfundadas. Y qué cosas podemos hacer por nosotros mismos pero no nos dio la gana porque es más cómodo delegar.

El aislamiento nos hace ver, por si no nos habíamos dado cuenta, el disparate de vida que llevábamos, separando lo esencial de lo que no lo es tanto. Nos lo cantó un oso en libertad, “un oso dichoso, un oso feliz”. Baloo entona el himno de lo que en estos momentos vivimos, dándonos cuenta ahora de que lo que necesitamos está más a nuestro alcance de lo que creíamos. Y, si no, pues lo creamos.

Influencers, ¿para qué os quiero?

Hago números y tiemblo al darme cuenta de que ya hace más de 10 años desde que conocí el término vlog. Vino Alberto (aviso, Alberto era muy tonto, pero no lo sabíamos) a decirnos a Rafa y a mí que había visto algo y que había pensado en nosotros, ya que ambos hacíamos teatro. Consistía en grabarte en tu casa contando loquefuera y subirlo a YouTube. Rafa y yo nos miramos confusos, pero pusimos nuestra opinión en cuarentena (duele esta palabra ahora) hasta tener claro en qué consistía todo esto. De vuelta a casa, yo le hablaba a Rafa de que yo seguía a “gente que hace cosas” en YouTube: “lo mismo veo una receta, que un tutorial de maquillaje de diario, que cómo hacer pulseras con gomas de colores”, le dije. Que alguna vez había estado tentada de hacer algo de eso, pero me daba no sé qué estar expuesta, recibir críticas para las que no estaba preparada, quedarme sin contenido o no saber gestionar el tiempo empleado en esa nueva afición y mi vida en ese momento. Tampoco contaba con equipo de calidad ni la técnica suficiente como para editar vídeos… Yo misma subía contenido de vez en cuando, pero solo para mis amigos. A los pocos días, Alberto nos manda un enlace: se ha hecho un vlog. Algo para lo que no estábamos preparados. El primer vídeo consistía en una presentación personal: decía su nombre, procedencia, edad, estudios, trabajo… “No lo veo, Rafa, no lo veo, ¿esto es lo que quería que hiciéramos porque somos actores?”. Poco a poco empezó a subir contenido participando en retos que veía que hacían otros o que, directamente, le habían dicho otros vlogueros que hiciera. Se grababan diciendo trabalenguas, haciendo juegos, haciendo una receta en un tiempo muy limitado… y se peloteaban mucho, muchísimo en los comentarios con el objetivo de tener muchos “me gusta” y muchos comentarios positivos que les hiciera ganar subscriptores con el objetivo de… no sé. No sé acabar esa frase. Una de esas vlogueras consiguió salir en el videoclip de otro. Ese fue el alcance de esa ola.

Y todo aquello creció, aparecieron otras redes sociales y gente nueva a la que las marcas le pagaban por dar su opinión, por recomendar sus productos, por acudir a sitios y eventos. E hicieron de eso una profesión de “nuevos ricos”. Nunca dejó de sorprenderme la capacidad que tienen algunos de ellos de fomentar las ventas e interferir en las opiniones de los ciudadanos de a pie. De pronto, ves sus caras en programas de televisión de cierto prestigio donde no entrevistan a cualquiera, o eso pensábamos. Claro que, igual que los publicistas cambian sus estrategias, muchos sectores han tenido que actualizarse y reconocer y explotar el impacto de estas “nuevas celebridades”.

Si buscamos quiénes son los influencers más influyentes en nuestro país, lo mismo te suena la cara, pero no el nombre o al revés, o no sabes absolutamente nada de esas personas. Yo, aunque no los sigo porque me cansan, sí que me confieso una curiosa del movimiento. A algunos los conozco a través de cuentas de humor que hacen parodia con sus actitudes. Y mirarlos y reírme con otros usuarios de las redes, me entretiene. Y a Jordi PimPam también.

Buscas sobre estas personas y te las presentan como difusores de moda, opinión, lifestyle… te cuentan que sus visionados subieron como la espuma por su frescura y naturalidad, pero no te dicen haciendo qué. La mayoría son modelos que hacen viajes y comen en restaurantes con unas prendas que te describirán en otra publicación. Te enseñan sus compras, sus armarios, su habitación… se hacen fotos con famosos y con otros influencers. Te venden su marca, su relación y hasta a su madre si hace falta. Estilo, viajes, moda… son palabras que se repiten en bucle.

Y, de pronto, viene un virus que paraliza a todo el planeta, incluso a ellos. Esta gente que a menudo aparece en sus stories en pijama, te quiere convencer ahora de que hay que vestirse aunque estemos encerrados. Dan consejos que desmontan y denuncian médicos y científicos y, entonces, reconocen sentirse inútiles ante esta situación.

Ha venido Covid-19 (aparte de a hacer mucho daño) a bajarnos los humos, a ponernos los pies en la tierra y la realidad en la cara. Ahora, influencer, no puedes presumir de tu último lujo guardado en un garaje hasta nueva orden. No tiene sentido enseñar con qué combinas tal o cual pantalón o diadema, ni lo bien que te haces el eyeliner. Nos da igual la marca de tu highlighter y de los zapatos con los que pisas esos sitios exclusivos a los que ahora no puedes ir. Llevas días sin publicar unas uñas de gel recién hechas, el movimiento sexy al acostarte en una camilla de masaje o la keratina supercara que recomiendas hacer cada poco, aun sabiendo que tu público no puede permitírselo.

Así, hay vídeos de personajes de esta calaña pidiendo por favor, en plena alerta sanitaria, que vaya alguien a casa a llevarles sushi, una Termomix, o algún tipo de servicio, como cortarse las garras sintéticas porque eso tiene que hacerlo un profesional. También he visto a otros pidiendo ideas de contenido que subir porque están sufriendo ataques de ansiedad al ver que otras personas son creativas más allá de poseer el arte de lucir palmito, un valor tan decreciente con la que está cayendo. Saldremos de esta y muchos no aprenderán a distinguir lo que tiene urgencia, aunque el confinamiento les esté haciendo ver que han dedicado años de su vida a absolutamente nada, porque muchos de ellos reconocen no saber hacer la compra, ni la comida, ni los cuidados más básicos que aplicas y te aplicas cuando eres una persona adulta y autosuficiente.

El sector publicitario supo reinventarse. Los nuevos productos, sin embargo, encuentran ahora dificultades para adaptarse a la situación demostrando que son solo competentes en la que podría ser calificada como la profesión más frívola e inservible del siglo. El arma que les queda es el lloriqueo, la avalancha de “lo he visto hacer y yo también lo hago” sin compartir la fuente cuando comparten vídeos de fitness sin haber hecho deporte nunca o recetas saludables sin tener ni idea de nutrición. Pedir ideas a los followers para que le digan qué quieren ver (¿queréis ver cómo me seco el pelo?), compartir bulos por pura ignorancia y subir fotos de archivo. O, simplemente, pedir que se le agradezca su colaboración pidiendo la de los demás ciudadanos, como este lumbreras al que le contesté sin tener ni idea de que mi comentario tendría más repercusión que su tweet, demostrando así que, fuera de tu submundo virtual, somos todos unos completos desconocidos:

El crédito que tuve hace unos años como tutora de una clase de 1º de ESO fue nulo y las cifras jugaban en mi contra. Trabajábamos una sesión de orientación laboral y, entre las profesiones más deseadas por mis alumnos y los de mis compañeros tutores salían youtuber, influencer y cantante urbano. Porque, alegaban, para ninguno hacía falta ningún tipo de formación, ya que tenían varios referentes en redes sociales y la estadística les daba la razón. El tiempo también ha demostrado que, a la hora de aportar algo real como ciudadanos, esa influencia y prestigio virtual no nos sirve para nada.

Lo mejor está por venir

17 de marzo de 2018. Nadie se imaginaba lo que íbamos a estar viviendo dos años más tarde.

Aquel día, mi familia se hacía los 300 kms (ida y vuelta) que nos separaban para celebrar conmigo un cumpleaños anticipado. Por la noche, cenaba en un japo de Granada con Laura y, de madrugada, me montaba en un autobús con 33 adolescentes y 4 adultos más para hacer un viaje de inmersión lingüística a Salisbury.

Nuestra máxima preocupación era que no cundiera el pánico de los padres ante la noticia de los riesgos de contaminación por gas nervioso en nuestra ciudad de destino tras el envenenamiento de un exespía ruso hacía unas semanas y que, prácticamente, acabábamos de saber. Nuestra segunda preocupación era saber cómo íbamos a llegar a Salisbury después de desviarnos de dos aeropuertos por la nevada caída a lo largo de los últimos días en todo el país. Y, nuestro primer objetivo apaciguable era, ni más ni menos, nuestro propio jefe de departamento: JC, tan asustadizo como fácil de sosegar. Perdí la cuenta de las veces que repitió “queroseno”. Luego también decía mucho “gas nervioso”, “Zizzi” y “leche caducada” y hacía recuento de alumnos y libras una y otra vez. Más adelante, su (y nuestra) palabra favorita era “Ruper”, seguida por “moat”, “magpie” y “hothouse flower”. Lo peor que nos pasó fue haber tenido algún temor. Nada malo ocurrió en realidad.

En ese viaje lo dije: “Begoña, quiero ser madre”. Ella ya me había hablado antes, con total sinceridad, de algunos acontecimientos de su vida privada. Siempre me sorprendió que lo hiciera conmigo. Sin embargo, lo hizo con una espontaneidad y una confianza que erigieron los cimientos de esta conversación. “Normal”, me respondió. Pero para mí no lo era. Era la primera vez que lo verbalizaba y eso me llevó a contar por qué no lo había hecho antes y qué consecuencias podría tener reverlarlo en el que entonces era mi entorno.

Dos años después, te estoy esperando y hasta hace unos días, antes del encierro por alarma sanitaria, pensaba: “¿a qué mundo te traigo?”. Creo que una madre siempre se cuestiona este tipo de cosas. Es en el momento en el que sospechas que hay alguien dentro de ti cuando empiezan los temores. El día de las dos rayas veloces que mi orina pintó en el test de embarazo, maldije la copa que me tomé en la feria de Andújar y el medio ansiolítico que guardaba para casos extremos prometiéndome que nunca más volvería a tener; las piruetas del yoga autodidacta y el sobreesfuerzo del footing cuando mi cuerpo decía que no.

No sé de cuánto podré salvarte, solo cuento con la certeza de lo mucho que me estás salvando tú a mí en estos momentos.

Fui consecuente con mi deseo. La apuesta fue considerable. De pronto, apareció en mi vida alguien decidido, sin miedo, con muchas ganas de vivir, de hacer vida conmigo y de crear algo más grande que nosotros mismos: a ti. La noticia llegó en un momento crucial en el que la inquietud nos había mantenido en carretera pendientes de un alta hospitalaria. Tuvimos el tiempo justo de recuperarnos del susto para asistir a una boda importante en la familia y ahí estabas tú. Ya lo sabíamos. Supiste cuándo llegar.

Yo solo espero, hijo, que igual que supiste aferrarte a la vida en un cuerpo que creía que no podía darla y traer la alegría a mi casa, llegues en un momento en el que haya pasado este… ¿cómo llamarlo? Encierro preventivo. Que vengas para celebrar que podemos volver a salir de nuestras casas (aunque ya sabe tu padre que a mí cuesta sacarme), que rompamos paseando las ruedas del carro que nos espera aún sin desembalar, que conozcas un mundo más limpio, menos contaminado, más solidario y más consciente.

En mayo del año pasado volvía a reunirme con Begoña. Tuve ocasión de contarle cómo había cambiado mi vida, cómo había sido de doloroso y fructífero a la vez y cuáles eran mis intenciones.

Un mayo después de la resolución, vendrás, ¡oh, loca esperanza!, tú, hijo mío.


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